Retazos

Un viaje que no ha terminado. 

Busco y rebusco entre las letras esparcidas sobre la mesa, una palabra que explique y, al mismo tiempo, oriente, pero es una lucha vana e inútil. Un rompecabezas interminable...

Aceptar el sinsentido es la única opción. Aceptarme, abrazarme, "mich anzunehmen"... reducirlo todo al día a día, empacar, sin clasificación alguna, todas las imágenes vividas, que parecen ser retazos de un fino pergamino: una ventana fría que me separa de las demás personas, miles de gatos en mis brazos, cuatro ojos jóvenes que observan en silencio los peces de un acuario, el reconocimiento auténtico, el amor en su pureza más extrema. No importa que tenga que caminar, continuamente, por el borde de un profundo abismo, que me convierta en una mujer indefensa y temeraria... 

El descubrimiento de un sentimiento que me acompañará el resto de la vida: la mezcla del regocijo que produce la percepción estética, el encuentro con la belleza, y el dolor profundo causado por el desamor y el abandono... 

Un hombre, un amante, Viena en invierno (finales de 1987). Un niño rubio, la nieve profusa de la oscura Moscú, los mercados saturados de un olor a vinagre, a encurtido, las muñecas de madera, las iglesias ortodoxas, los íconos, el caviar, la champaña (1988).

Un hospital caótico, el reto de pescar la "cordura" en un río sucio, negro, revuelto y contaminado. Alemania festejaba el triunfo en el mundial de 1990 y yo enferma, aislada, reducida a espacios circulares y seres humanos desfigurados por el sufrimiento, por el miedo, por "la paura"...

Un regreso, un hogar imaginado por mí, una chimenea, el paso de transeúntes que nunca han de entrar a mi guarida. Trabajos, empleos que se ganan y que se pierden, soledad, soledad y más soledad...

Una ilusión, un hombre que parece no llevar puesta máscara alguna, una ventana que me asegura que vuelvo a estar en la tierra de mi alma, en Alemania, otra vez invierno, unas lágrimas se escurren por mis mejillas, me lavo la cara y acepto el reto, la riesgosa aventura de explorar, de intentar conocer a un ser humano. Resulta ser el juego de la ruleta rusa...

El error, el engaño, la confusión, la equivocación, "optische Täuschungen", la traición, el desengaño, la desilusión, mi 11 de septiembre (todos tenemos uno), el derrumbe de todas las piezas montadas una a una con delicadeza, sin saber del huracán que se aproximaba... los primeros síntomas desconcertantes que anuncian que algo ha dejado de funcionar en mi cuerpo. 

Otro niño, esta vez moreno, que me ha de romper el corazón en mil pedazos, pero como aún no lo sé, lo cargo en mi regazo, lo rodeo de amor, digo que "todo lo malo que la vaya a pasar a él me lo envíen a mí", quizá fui escuchada...

Alemania después de 13 largos y tediosos años, muy feliz de volver a estar en contacto directo con la cerveza, con el idioma, con los trenes.... un santuario, una petición....

Regreso.... El hospital, las cirugías, cuando escuché decir al médico: "¿Comenzamos?". Un viaje sin retorno al doloroso mundo de las neurocirugías, entran en mi cerebro y, aparentemente, me curó, me recupero, vuelvo a empezar.....

No es cierto, mi cuerpo se debilita cada vez más, entro y salgo de los hospitales como si fuera un ciclo. Tengo un gusto raro por las hospitalizaciones: me liberan de la enorme responsabilidad de tener que mantener enfocadas las sucesivas imágenes de la realidad, para que no se descascare la existencia. Me siento protegida y acompañada, solo oprimo un botón y alguien viene, me traen de comer, no tengo que cocinar ni lavar trastes... No duermo sola.

Una abadía benedictina, otra vez la escena se rueda en Alemania, muchos monjes vestidos de negro, las siestas de verano en mi habitación. Me han acogido  por un mes y yo gozo de las misas en alemán, de la exquisitez de la comida, de los domingos de buena lectura en el jardín, al frente mío una mesita para poner la taza de té. El miedo a una mala noticia, la mala noticia: mi mejor amigo ha muerto, y ese día comienza mi vejez. 

Tuve que crear un mundo nuevo, una realidad paralela, para sobrevivir a su ausencia. Un mundo en el que no nos habíamos conocido ni habíamos forjado una amistad a partir de explorar nuestras almas... un mundo que solo le había conocido por sus letras.

Otra vez Viena, pero en otoño, mis ojos que no pueden distinguir las siluetas debido a la cantidad de lágrimas frente a la catedral. He arribado sola y con el amigo muerto. Es poco tiempo, pero consigo delinear trazos nuevos, pintar la ciudad, rellenar las oquedades...     

Y a los dos años ataca de nuevo la enfermedad: esta vez va en serio... mi corazón, mis riñones y mis pulmones entran en falla... silencio. Silencio, silencio, me dejó llevar a la nada, donde no sobrevive ningún recuerdo. Hay paz.... pero al cabo de varios días, comienzo a respirar de nuevo por mi cuenta. Me despierto, estoy intubada...

Tendría que esperar mucho tiempo para recuperarme, para vivir en la casita del árbol, para volver a armar las piezas que me condujeran a un nuevo viaje. Vuelvo a estructurar las piezas del reloj, conspiro contra lo imposible y gano! En apariencia, siempre en apariencia.

Huyo de la ciudad y me refugio en mi trabajo, mi gata, mis amigos. Ires y venires en flota, en transmilenio, en taxis. 

Aterrizó en Munich y reactivo el karma... Soy feliz de nuevo, me pierdo en salas de museos, en calles, en iglesias, hace calor. Conozco al hombre de la mano enguantada, me sumerjo en las aguas bravas del deseo, de la intriga, el misterio que, tristemente, se resuelve en decepción, esta vez más honda que nunca. Él no tiene la culpa, soy yo quien vuelve y vuelve y vuelve a perder, porque siempre juego al mismo juego, idénticas fichas, idéntico tablero, ahí me percato: me he ido encerrando en una interminable madeja de lana, tejida con mis propias manos, de la que ya no podré escapar nunca.

Viena, otra vez, pero en verano. Me dedico a recorrer todos los lugares donde fui tan infeliz en 1987-1988. Soy otra, es 2019, ha pasado mucho tiempo y vivo allí, ya no en una pocilga sino en un apartamento lujoso con una gata llamada Pochoclín. Me encargo de exorcizar cada fantasma, uno a uno: Nashmarkt, Doroteum, Historishes Museum, Belvedere, Hofburg.... los intrincados laberintos del centro de la ciudad.Todos los lugares donde estuve con él. Reto al destino... a que me lo encuentro... y no, nunca lo volveré a ver. 

Regreso, muere mi padre. Tal como lo pedí, estoy presente en su último suspiro, me he reconciliado con él, con su falta de amor, con su falta de conexión con la realidad...

Me encierro casi dos años, quise eludir el virus de la pandemia universal, lo logro! Pero venía algo peor...

Me libero y lo festejo con un viaje. Esta vez el avión consigue cambiar el rumbo. Se dirige al sur...  y soy feliz con gente que me quiere de verdad, que me acepta, que me admira. Descubro una nueva obsesión, un nuevo enamoramiento: Buenos Aires.

Regreso para diseñar y planear la huida definitiva. No lo logro. Se interpone un terrible dolor a la madrugada. Un amigo que me acompaña y me ayuda a salir de mi hogar para ir dando tumbos de hospital en hospital. Finalmente, un dictamen, el horror, la pesadilla jamás soñada ni imaginada se vuelve realidad: No volveré a caminar por mis propios medios!

Pasa un año, de repente mi madre entra en agonía. La visito, oro con ella, me reconcilio, la perdono. Esa misma noche fallece. Ontológicamente, estoy sola en el mundo, por completo, ya que no tengo descendientes. Con cada toma de aire aspiro una finitud radical.

Unos días después, me veo cargando las cenizas de mi madre en un cofre de madera. Me cuesta esfuerzo lograr que no se me deslice de las manos. Voy en una silla de ruedas. Estoy sola haciendo una "diligencia" engorrosa y dolorosa: ir al cementerio, esperar que pasen las cenizas a otro cofre. La madera es fina y brillante. Presencio su entierro en una bóveda pequeña, quedo con las manos vacías. Regreso a mi casa, lloro sin parar, me desplomo. 


  




 


  

     




 



 


   


 


   

   


   

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